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El misterio de Dulcinea, la inmortalidad del amor (Educación y Cultura)

CIUDAD / ARTES&LETRAS  El misterio de Dulcinea
POR JOSÉ ROSELL@ABC_TOLEDO / TOLEDO
Día 08/10/2013 - 18.16h, basado en el Pregón feria San Agustín 2013
Y un bello amor cortés, el que sintió de forma platónica Francisco de Borja por Isabel de Portugal
No existe en el mundo literario, ni por supuesto en la vida real de los mortales, un caso que se iguale en singularidad al de Dulcinea. Es un ente de ficción, evidentemente, pero el caso curioso radica en que sin aparecer jamás en la trama cervantina, sin que el presunto lector pueda siquiera intuirla físicamente entre los 709 personajes del «Quijote» algunos tan efímeros que pasan como sombras, pero que pasan-, sin que conozcamos de ella otra cosa que no sea su sonoro nombre y las alabanzas definitorias de don Quijote, resulta ser protagonista principal, no solo de la obra irrepetible de Cervantes, si no -y a pesar de cuatro largos siglos- referente inequívoco de todo enamorado que de ello se precie. ¿En qué fuentes mágicas sobrenaturales ha bebido el pensamiento de Don Quijote las esencias del modelo de su dama para que se produzca en ella el prodigio de la inmortalidad?
Don Quijote halló su modelo en el recuerdo de aquella moza, más o menos rústica, a quien ve mucho tiempo ha en la villa de El Toboso, sin que ella siquiera se percatara, y se enamora en silencio hasta lo más profundo de su alma; Miguel, estoy seguro de que cuando creaba este sueño insuperable, estaba recordando a aquella niña esquiviana a quien ve por vez primera un septiembre perfumado de vides de 1584. Habían pasado más de veinte años y doña Catalina seguía latiendo llena de armonía en su corazón. Como en el primer encuentro.
Lo que les sucede a ambos místicos del amor -don Alonso, Miguel- es que se empeñan en idealizar a sus damas hasta límites insospechados, deseando convertirlas en preciado ensueño de auténtica inmortalidad.Es el amor cortés, caballeresco, platónico elevado a cotas sublimes y ultraterrenas. No es el fruto de la pasión viril hacia la mujer de carne y hueso, es el amor infinito del espíritu elevado a estratos donde entre el tiempo y el espacio no quepa la posibilidad de que ande de por medio la muerte destructora.
¿Acaso han logrado las damas de ambos entrar por las puertas grandes al reino de la inmortalidad? Dulcinea si, porque es incorpórea, intangible; doña Catalina no, pues como ser humano (puntualmente delicioso, sin duda) lleva impreso en su memoria genética el fatal programa de la extinción.
Dulcinea, en tanto quede un hálito de vida sobre la faz de la tierra, -y aún después-, se mantendrá iluminada en la memoria colectiva de los mundos. De doña Catalina, la adorable esposa del genio, realmente ya nadie se acuerda, salvo Esquivias, único lugar del mundo donde tiene dedicada una efigie de muy digna concepción. Pero esto a la larga también es recuerdo caduco.
Les voy a ofrecer un ejemplo ilustrativo - absolutamente histórico- de bellísimo amor cortés a lo humano, cuyas consecuencias fueron trascendentes aunque el hecho haya quedado también en el olvido, un tanto eclipsado quizás tras el intenso resplandor de Dulcinea, Sirio deslumbrante en el firmamento amoroso de la humanidad.
Doña Isabel era una de las mujeres más bellas y discretas
Se trata de Doña Isabel de Portugal, la gentil esposa del emperador Carlos V de Alemania, I de España; hija de don Manuel I de Portugal, «el Afortunado», y de la Infanta de España doña María de Aragón; nieta, pues, como su esposo don Carlos, de los Reyes Católicos, y además una de las mujeres más bellas, más discretas, más inteligentes del mundo occidental de su época. El rostro ovalado, los ojos garzos, el pelo generoso rubio como el oro;puede comprobarse en el magistral cuadro donde la plasmó Tiziano. (Museo del Prado)
Dieciséis ciudades se disputaron el honor de albergar su Corte, pues Gobernadora eficaz fue de ella, así como Regenta plenipotenciaria durante las ausencias repetidas de su tan regio como belicoso consorte.
Ella optó por Toledo «decididamente (Ciudad Imperial por excelencia), y desde el Palacio de los condes de Fuensalida ejercería su certera labor no solo política y diplomática, sino también socio-cultural, ya que entre otros muchos tenía como ilustres cortesanos nada menos que a Juan Boscán y a Garcilaso de la Vega, sin olvidarnos del carismático Francisco de Borja, virtuoso instrumentista e inspirado poeta también.
Don Francisco de Borja era uno de los Grandes de España, IV duque de Gandía, marqués de Lombay, Gentilhombre de la Casa de Borgoña, Caballerizo mayor de la emperatriz llegó a alcanzar el importante cargo de Virrey de Cataluña. Al margen de su parentesco, fue privado del emperador, contrayendo matrimonio por real deseo con la dama predilecta de doña Isabel, la también noble portuguesa doña Leonor de Castro.
Hombre de absoluta confianza de Carlos V, por expreso deseo de éste cuidaba de la reina, en primerísima persona, hasta en los más mínimos detalles. Las ausencias de don Carlos solían ser dilatadas.
El joven duque por su parte, sin menoscabo de la fidelidad a su esposa, sin perjuicio de su honra ni de su sólida formación cristiana, se enamoró en secreto platónicamente, cortésmente de su egregia señora. Ni una sola manifestación externa. Ni siquiera una vez en su vida osó mirarla a los ojos directamente, tal era su respeto, pureza y veneración.
Doña Isabel fallecía inopinadamente como consecuencia de un parto complicado, en Toledo, a los 36 años de edad, el día 1 de mayo de 1539 con inmenso dolor de súbditos, notables y plebeyos (todos sin excepción la querían) y con la casi enajenación de su esposo, quien se refugiaba aterrado -se negó verla muerta- en el Monasterio Jerónimo de la Sisla.
El desgarro del duque de Gandía fue tremendo, a él correspondía además la amarga misión de ser organizador, guardián y fedatario de los restos mortales de la emperatriz en su lento traslado hacia Granada, al objeto de ser depositados en la cripta real donde descansaban las cenizas de sus gloriosos abuelos, doña Isabel y don Fernando.
Otra egregia persona es la que oficialmente preside aquel macabro desfile, paso a paso por la estepa castellana en el incipiente verano, luego por las cálidas tierras de Andalucía durante más de dos semanas. Se trata del Príncipe de Asturias, heredero de aquel inmenso Imperio e hijo mayor de la malograda doña Isabel. Bien se delata aquí el carácter del futuro Felipe II; el noble crío cuenta solo 12 años y nadie, durante el triste periplo mortuorio, le ha visto hacer el menor gesto de dolor ni de verter una sola lágrima.
No se habían embalsamado aquellos nobles despojos por orden expresa en vida de su propia dueña, y los palafreneros que los transportaban sobre sus fuertes hombros, deseaban cada vez con mayor vehemencia el alivio de su relevo: tal debía ser el hedor que desprendía el féretro.
Cuando se descubre el catafalco y don Francisco de Borja se dispone a jurar la legitimidad del regio cuerpo que ha de entregar a los religiosos de la histórica Catedral granadina, un tufo horrible obliga a que alguno de aquellos hombretones caiga desmayado y a que el duque de Gandía, al mirar el que fuese rostro adorable de su señora, de su reina, de su amada; al comprobar cómo tanta belleza femenina se ha transformado en siniestro amasijo de ponzoña, en infecta gusanera, pronuncia entre otras las lapidarias palabras que pasarían de inmediato de la historia a la leyenda y de ésta al romance:«No serviré jamás a señor que tenga que morir».
Francisco de Borja dejaría oportunamente todas sus riquezas, privilegios, dignidades, títulos y honores, e ingresando en la Compañía de Jesús, pasará el resto de su vida bajo el signo y voto de la humildad, la pobreza y la obediencia. Hoy está en los altares y se venera como San Francisco de Borja, patrono de la nobleza.
Aquí está la clave, amigos míos, del misterio de Dulcinea, justamente en el reverso de la medalla de estos dolorosos sucesos: Dulcinea tiene «patente de corso» para la inmortalidad por encima de los terrenos movedizos del triste fenecer humano.
Sus posibles modelos vivos Aldonza Lorenzo, inclusive si se empeñan en El Toboso, doña Ana Zarco de Morales, supuesto modelo vivo, doña Catalina Palacios, así como las féminas líderes de la inmensa fábula universal, todas han sido víctimas de la muerte inexorable y hoy, salvo honrosas excepciones y en puntos muy concretos, no obstante en precaria supervivencia, se les tiene absolutamente olvidadas. Como se preguntaba Bécquer: «De que pasé por el mundo, ¿quién se acordará?» La muerte es sinónimo inequívoco de olvido.
¿Por qué no se ha olvidado a Dulcinea? Sencillamente porque en el pensamiento de su creador literario e intérprete, Cervantes/Qujote, partiendo del concepto eterno del amor -chispa que mueve los mundos-, fue paulatinamente desdoblándose, idealizándose, convirtiéndose -autónomamente- en eso que responde al nombre sublime de inmortalidad.
Con pocas palabras más: se extinguirá un día la humanidad, se desintegrará la Tierra en procesos cósmicos irreversibles y apocalípticos, mas Dulcinea rebosante de amor permanecerá incólume en el éter. Dulcinea seguirá indestructible ya que nunca existió palpable ni siquiera en la ficción. Por eso precisamente no le asiste el deber insoslayable de morir.

José Rosell, escritor y cervantista  Ver artículo en ABC Toledo

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