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Pregón de Feria San Agustín 2008

 El pregón de la Feria de San Agustín 2008 contó este año con un periodista excepcional     D. Miguel Angel Mellado, vecino de Campo de Criptana, vicedirector de El Mundo; que glosó una disertación de gran calidad literaria, con una gran repercusión local y regional.

Para aquellos que no pudieron o quieran volver a leer, por su contenido lo reproducimos íntegramente, con el sugerente título del autor "De Nueva York a El Toboso".

Hace hoy exactamente 20 años y 27 días fui pregonero por primera vez. Fue un 30 de julio de 1988. Lógicamente, fui pregonero de Campo de Criptana, mi pueblo natal. Para ser pregonero y ser escuchado se necesita, al menos, un requisito fundamental: que quienes van a escucharte sepan quién eres. ¡Qué menos si corren el riesgo de aguantar un tostón! Espero que no sea éste vuestro caso.

Hace 20 años y un mes yo me presenté en mi pueblo diciendo de quién era. "Y ese chico, ¿de quién es?, preguntamos en La Mancha. Si hoy, como hace 20 años, os digo al empezar este pregón que mi abuelo paterno era Timoteo Mellado, el calderero, y mi abuelo materno, Juan José Fernández, más conocido por Coleta, vosotros os quedaréis igual. La proximidad, como sabemos bien los periodistas, es el 80% del interés de la noticia.

Ser nieto de Timoteo y de Coleta y ser un periodista un pelín prometedor eran méritos suficientes para ser pregonero en Campo de Criptana en 1988. ¿Pero qué meritos tengo yo hoy, 20 años después, para pregonar, o sea, para decir en alto lo que pienso, para ser el pregonero nada más y nada menos que en El Toboso? Y me lo pregunto sin falsa modestia. La falsa modestia, señor cura párroco, que por ahí estará escuchando, es un pecado inadmisible de gente insoportablemente engreída. Si voy al infierno, si es que hay infierno más allá de la Tierra, lo que peor llevaré, seguro, es convivir y conquemarme con falsos modestos. Mejor soportaré estar con ladrones y fornicadores, que Dios los perdone, que ellos ya están en su gloria. En Madrid cuando alguien se me pone hipócritamente humilde, le digo: no eres tan importante para ser tan modesto.

Mis méritos para estar hoy aquí ante vosotros, en la inauguración de las fiestas de San Agustín, son, de nuevo, ser de Campo de Criptana, ser manchego militante de pura cepa y ser periodista con cargos y cargas en Madrid. Aunque, quizás, el motivo más decisivo para estar hoy ante vosotros es haber sido jefecillo de vuestro alcalde cuando yo trabajaba en el Ya de Toledo y Marciano era nuestro corresponsal en El Toboso. Les hablo de la prehistoria, entre 1981 y 1985.

Pero voy a ser sincero: ¿Cómo podía decir que no aceptaba ser pregonero de la gran ciudad de El Toboso si me lo pedía un Marciano que es más manchego que todas las tobas de El Toboso juntas? Tobas, de ahí, dicen, viene el nombre del Toboso, la tierra de cardos o tobas.

Toboseños: ser de El Toboso ya no es una excusa; es una responsabilidad. La frase la he tomado prestada del anuncio de Gasol sobre España. Ya sabéis que todo lo que no es plagio es tradición. Dice un refrán, que no es de El Quijote, que de "fuera vendrán que de tu casa te echarán". Quizá la máxima sea de William, de Guillermo Shakespeare, el primo literario de don Miguel. Yo no voy a echaros de vuestra casa ni a descubriros la importancia del Toboso en la historia de la humanidad. Sí, en la historia de la humanidad. Pero sí quiero contribuir esta noche, con mis palabras modestas, a que os sintáis más orgullosos de vuestro pueblo de lo que ya lo estáis, con un orgullo comprometido y comprometedor, lejos de chauvinismos estériles o de nacionalismos capadores y empequeñecedores.

¿Sois conscientes de que El Toboso, después de España, es el nombre territorial que más veces sale en El Quijote? Sois mencionados más veces en El Quijote que La Mancha misma. Las mismas veces que Amadís de Gaula, el héroe de Don Alonso Quijano que quería retirarse con su amada, Oriana, a la Ínsula Firme, para vivir eternamente en el paraíso del amor, allá donde el sosiego es un vicio que se disfruta con pasión.

Amadís perdía el seso y sexo por doña Oriana y don Quijote por doña Dulcinea. Pero con una diferencia, eh, como deja claro Cervantes en el soneto de La Señora Oriana a Dulcinea del Toboso. Oriana, que ya se sabe cómo eran las extranjeras incluso en la antigüedad, se entrega tanto a su caballero que se queda preñada. ¡Lo mismo da que Dulcinea, la dulce Ana, a la que nuestro caballero no toca un pelo ni con el pensamiento! Aldonza podía ser muy Dulce (en aquellos tiempos Aldonza significaba un ser dulce); Aldonza, digo, podía ser muy galga (como decimos por estos parajes), pero la honestidad, por encima de todo. Eran otros tiempos.

Os hablaba antes del papel de El Toboso en la historia de la humanidad. Sin Dulcinea del Toboso la novela Don Quijote de la Mancha no existiría o sería la mitad de la obra magistral que es. Porque El Quijote es una exaltación de las armas y de los amores, y sin amores, como nos pasa afortunadamente todavía hoy, 500 años después, sin amores estamos desarmados y la vida no vale nada. Sin amor la vida no vale nada.

Gracias a Dulcinea del Toboso el loco caballero emprende mil aventuras, para demostrarle a su dama que es digno de ella. Y gracias al discurrir de todas estas aventuras vamos recibiendo enseñanzas positivas a lo largo del libro, porque El Quijote, insisto, inspirado por el amor a una chica del Toboso, es un modelo para que seamos mejores, como lo es la Biblia, citada por Cervantes más de 100 veces. Ser malo, desde luego, tiene sus réditos, pero muy a corto plazo. Es como decía Kennedy sobre Kruschev en plena crisis de los misiles entre Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética, allá por 1962: "Si se es un hijo de puta, como Kruschev, cada vez que uno se muestra agradable, todo el mundo cae rendido a sus pies".

Don Quijote es un predicador sin prejuicios; quizás su único prejuicio es ser antijudío: "Y ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos", dice en el capítulo VIII de la segunda parte. Un predicador que nos enseña a ser mejores, a ser más buenos con premeditación. Y curiosamente uno de sus guías espirituales es el patrón de vuestras fiestas, San Agustín, gracias a cuya advocación os salvasteis en su día de una peste agosteña.

Pongamos dos ejemplos de la influencia del pensamiento de San Agustín en Cervantes, que vierte en el Quijote. El primero, sobre los pecados en general: "Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y el buen pecho; a la ira, en la quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lascivia y a la lujuria, en la lealtad que profesamos a la que hemos hecho nuestra señora", dice Don Quijote.

El pensamiento de San Agustín, el patrono de estas fiestas que hoy comienzan, vuelve cuando don Quijote habla de la envidia más explícitamente. Y vais a permitirme que os lea otro párrafo de El Quijote. Porque aunque le haga la competencia al señor cura, os digo desde este púlpito laico que la envidia es un defecto demasiado común y nefasto para dejarlo pasar sin zaherirlo. Es un defecto tan común como castrante en el ser humano, contra el que debemos luchar. Dice don Quijote: "Oh, envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes. Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero la envidia no trae sino disgustos, rancores (sic) y rabia". "Tanto me ha mordido la envidia que me ha privado de todos mis bienes", dice un adagio italiano renacentista.

Hace un par de semanas, mi mujer, Isabel, mi Dulcinea particular, "mi dulce enemiga", como define Don Quijote a su Dulcinea de manera metafórica y perfecta sobre lo que es la convivencia de una pareja; mi mujer, mis hijos, Aurora y Miguel Ángel, y yo visitamos Nueva York. Durante ocho días pateamos Manhattan de arriba abajo. Allí he tenido una doble sensación, contradictoria en sus términos: de envidia y de rechazo. Me da un envidia tan grande como el Atlántico el amor que los estadounidenses sienten por su país; lo orgulloso que están de un país como Estados Unidos que hace cinco siglos tenía menos habitantes colonizadores que la gran ciudad de El Toboso descrita en El Quijote, la cual, según algunos estudios, llegó a poseer más de 20.000 habitantes. Sí, lo que acabó siendo Estados Unidos tenía menos población no nativa entre los siglos XVI y XVIIII que El Toboso y fijaros dónde han llegado.

En Nueva York envidié cómo los americanos son capaces de explotar lo mejor que tienen, y lo mejor que tienen, seamos claro, es lo que han comprado con sus dólares. "El mundo pone el arte y Estados Unidos lo compra con su dinero", escribí en mi cuaderno de notas apresuradas al visitar el Metropolitan, probablemente el mayor museo del mundo, con más de 100.000 obras.

En la visita a otro museo, el MOMA, descubrí una escultura de un francés llamado Jean Dubuffet, titulada Slag and roots, que no era otra cosa que una cepa de la que emerge la vida, atormentadamente, sí, como son las cepas, pero con frutos dulces. Así es la vida. ¡Anda que no tenemos cepas en La Mancha!, pensé. Y están en el museo de la naturaleza que es la llanura manchega. Pero allí, en Manhattan, la tienen como una obra de arte.

He sentido admiración y desesperación. Otro día, andando a la vera de Central Park, con dirección a la Quinta Avenida, nos adelantó una vaquera, enfundada en un vaporoso saco de seda amarillo, que dejaba ver generosamente unas piernas algo arqueadas, en cuyos gemelos portaba, tatuados, dos revólveres. Como lo oís. Y sobre la piel de su espalda llevaba dibujadas dos alitas, de ángel o de diablo, vete tú a sabe. Eso, desgraciadamente, no pude comprobarlo.

¡Menuda Dulcinea!, susurré para mis adentros. ¿Qué pensaría don Quijote si, cinco siglas atrás, hubiera visto a una mujer de esta guisa? Claro que El Quijote, escrito hoy, no sería como fue. Con la tendencia dominante en los círculos del poder, que marca lo que se lleva, Don Quijote y Sancho Panza serían ahora una pareja de homosexuales que se disputarían un amor imposible. No quiero pensar cómo sería Dulcinea. Seguramente viviría en el barrio madrileño de Chueca, y no en El Toboso.

Pero volvamos a los americanos y no demos ideas a los escritores oficiales. Los americanos son excesivos para todo. Tan admirables, están un poco p´allá, decimos acá. En el hotel, en pleno agosto, dormíamos con unos edredones equivalentes a cinco mantas recias, de las que usaban nuestros abuelos en El Toboso y en Campo de Criptana. Era obligatorio dormir con un edredón así porque el aire acondicionado estaba puesto rozando el bajo cero. No me pregunteis el porqué.

Los americanos son excesivos para todo. Al subir al Empire State, el edificio más alto de Nueva York tras el hundimiento de las torres gemelas, comprendí por fin por qué King Kong se suicidó arrojándose desde la antena de este edificio, a más de 300 metros de altura. No sé suicidó el gran gorila, como podía haber hecho don Quijote, para mostrar el disgusto ante su esquiva amada. "King Kong se suicidó al sentirse sólo entre millones de personas y trillones de luces. Manhattan, desde lo alto, es un locura, es la síntesis de un mundo que mira los reflejos en vez de buscar un camino", escribí también en mi breve cuaderno de viaje.

La semana pasada, el alcalde de Nueva York declaró que quería llenar la ciudad de molinos de viento, de energía eólica, para luchar contra la contaminación. Si yo fuera Marciano, invitaría a Michael Bloomberg a que viniera a ver los molinos de La Mancha y aprendiera cómo con poca energía nos guarecemos del frío y del calor en invierno y en verano. Y como "de gente bien nacida es agradecer los beneficios que se reciben", dice don Quijote, pediría consejo al alcalde de Nueva York sobre cómo explotar este enorme potencial que tiene El Toboso, patria de Dulcinea, así como ellos lo hacen con la Gran Manzana.

Yo, como soy muy atrevido, ¡qué menos puede esperarse de un periodista!, voy a exponeros algunas ideas para lanzar El Toboso al mundo como si fuera una bengala de la ceremonia de clausura de los juegos en Pekín. Si Nueva York tiene la estatua de la libertad, vosotros tenéis que erigir la Estatua del Amor, que es lo que representa el ideal de Dulcinea. El amor nos salva en la vida y no morimos del todo gracias al amor de quienes nos recuerdan. Levantaría una Dulcinea gigante que se viera desde cualquier punto de La Mancha. De hecho, en 1925, ese gran alcalde que tuvisteis llamado Pantoja, quiso levantar un Quijote colosal, con antorcha incluida.

Convertiría El Toboso en un parque temático, porque este pueblo es en sí mismo un parque temático, con sus conventos, su torre de la iglesia parroquial de San Antonio, ante la que nos encontramos, "con la iglesia hemos dado". Hoy, cuando llegaba al Toboso, he comprendido las palabras de Don Quijote a Sancho que aparecen en el capítulo IX de la segunda parte, famosísimas, tan utilizadas, tan recurrentes:"con la iglesia hemos dado".

Estoy seguro de que Cervantes, el día que se inspiró para escribir estas palabras, vino al Toboso por el camino desde Campo de Criptana, un camino que hoy es la carretera local, porque literalmente te topas con la torre de la iglesia al venir desde mi pueblo.

Pues eso, El Toboso tendría que ser un parque temático, rotulado adecuadamente, con todas las calles dedicadas a personajes del mítico libro. Y si don Juan Carlos o la Constitución se quedan sin rótulo, seguro que lo comprenderán.

Invitaría a Bono, pero a Bono el cantante de U2, para que viniera a El Toboso y se inspirase aquí en la composición de una canción de amor, para todas las dulcineas del mundo de hoy así como en su momento vino al Toboso el maestro Jacinto Guerrero para empezar su partitura de la zarzuela La Rosa del Azafrán.

Intentaría convenceros a todos vosotros, vecinos del Toboso, para que renunciarais a espurias expresiones urbanísticas de la modernidad. Para remozar arquitectónicamente esta gran ciudad y dejarla en sintonía con El Toboso del Quijote, redivivo en el siglo XXI. Crearía los premios internacionales Dulcinea y nombraría a doña Letizia como primera ganadora, con su coqueta nariz recién estrenada. Y, por supuesto, nombraría hijo adoptivo al presidente de Castilla La Mancha, José María Barreda, lo secuestraría emocionalmente unos días hasta que se convenciera de que la capital de La Mancha es El Toboso, con permiso de Campo de Criptana.

Toboseños, ser del Toboso ya no es una excusa, es un orgullo y una responsabilidad. Tenéis que reinventaros un pueblo que ya existe, porque Dulcinea no se merece menos de su patria, ni tampoco vosotros. Y "podría ser", tiempo verbal muy manchego ("podría ser", los manchegos preferimos el condicional de duda antes que decir sí o no), utilizado por un toboseño cuando don Quijote, la noche que llega al Toboso con Sancho, le dice al aldeano que en su pueblo vive Dulcinea. "Podría ser", contesta, asombrado, el toboseño porque en el Toboso vivían y viven muchas princesas. Pues podría ser, digo yo hoy, podría ser que consiguierais poner a vuestro pueblo en la órbita nacional e internacional que se merece. Contad conmigo en este propósito de mejorar El Toboso "en esta media noche por filo" de este 27 de agosto de 2008 y, también, mañana, y pasado, y al otro...

Muchas Gracias

 

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